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Cuando
veo todo el tiempo transcurrido, el arduo trabajo, los caminos
recorridos, me crece la gratitud por los seres que fueron parte de
esta historia. En primer lugar debo nombrar a Susana Rozar, mi
esposa, amiga, compañera en las letras y en la vida, que se
constituyó en mi sombra, en mi sol, mi luz y mi guía, por esta
perfumada avenida de la cultura, que de a ratos duele y de a ratos
sangra. Porque la literatura es un oficio existencial que no admite
prescindir de las profundas emociones. Todo se lo debo a ese ser, un
verdadero ángel, que mueve con su ternura un arsenal de herramientas
para enfrentar los obstáculos.
Luego
están los hijos, que brindan su apoyo solidario y que vienen conmigo
desde niños iluminando el camino con su inocencia. Ahora en su
adultez, a pesar de sus ocupaciones siguen compartiendo
responsabilidades, para hacer realidad tantos sueños. Ahora, llegan
los nietos, en exacto turno cronológico a sumarse con su infinita
alegría.
Un
capítulo especial para los amigos, que me abrazan con la atención
que se brinda a lo que se quiere. No puedo nombrarlos, porque son
muchos, por suerte, pero yo sé que existen y se constituyen en mi
espalda para darme valor y salir a los campos donde se da la
batalla.
A
todos, sin excepción, el alto reconocimiento por tantas energías,por
tanto amor, por tantos aportes solidarios. GRACIAS.
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