La memoria
es la facultad humana que nos permite comunicarnos con el pasado y,
consecuentemente, hacer partícipes de todos los recuerdos vividos y
compartidos, a todos los que nos siguen, sean los nuestros o
personas no tan vinculadas con nosotros.
Esta
memoria, que es individual, también tiene su correlato
en la
Memoria masiva de la Humanidad. Por eso, antes de que se inventara
la escritura, los seres humanos legaron sus avances, aprendizajes y
experiencias, como también sus vivencias y sentimientos, a sus
sucesores -no tan solo a sus seres vinculados directamente- y a
todos quienes se interesaran en ese conocimiento. Esta no solo es
una actitud solidaria del ser humano, quien no quiere que lo suyo se
pierda en el olvido oscuro de los tiempos, sino también es una forma
de perdurar, algo totalmente inalcanzable por el hombre finito, que
ocupa, en el tiempo, el espacio de un suspiro: pasa tan rápidamente
como un relámpago. Con el legado que deja, perdura indirectamente en
los demás. Es la ley de la vida y de la perduración en el futuro. Ya
lo había pronosticado, para sí mismo, el gran poeta latino que,
entre sus versos, escribió este: Non omnis moriar…, es decir, No
moriré del todo, perduraré en mi literatura.
Después de
muchos títulos, se suma a la producción bibliográfica este libro.
Nace como primer hijo del poeta Eduardo Ceballos en el año 2011 y no
tiene otra motivación más importante que la de constituirse en un
cofre mágico. El genio de su estilo y poesía será el encargado de
abrirlo y de hacer escapar, a los cuatro vientos, todo cuanto tiene
guardado en su prodigiosa memoria. No son muchos los seres humanos
que brillan con una capacidad de almacenamiento tan magna, con lujo
de detalles y particularidades, como a la que nos tiene
acostumbrados en sus producciones literarias. Él se sienta en su
humilde pero envidiable rincón de producción. Y allí, de una manera
increíble, despierta los duendes del pasado los cuales,
generosamente, le brindan los más asombrosos detalles de sus ricas
experiencias. Pocas personas, pocos escritores, son capaces de
realizar esta magnífica tarea. Es que, desde hace mucho tiempo, ha
monopolizado a esos duendes que tienen su escondite en lugares
increíbles y en estrellas ignotas. Es preciso tener su magia de
escritor para llegar a esto.
Bien; este
es el personaje galardonado con una memoria portentosa, que hoy nos
regala muchos recuerdos, experiencias, narraciones que rayan el
pasado y que traen, al recuerdo colectivo, las polvorientas calles
de una Salta que estaba empezando a dejar de ser aldea para aspirar
a la ciudad que hoy todos disfrutamos.
Por eso
-gracias a la maravilla de su genio- se transporta (y, en
consecuencia, a nosotros también) a sus primeros vagidos que le
abrieron los pulmones a este mundo maravilloso que le tocó vivir.
Pero no quiso quedarse con ello: esa rica experiencia, a partir de
ahora, será patrimonio nuestro y podremos escarbarla, encontrando,
con toda seguridad, tantas experiencias similares que, en aquel
tiempo o en otro más moderno, nos tocó vivir.
Eduardo,
entonces, se está constituyendo en el mago que despierta conciencias
dormidas y que peligrosamente están bordeando los límites del
olvido. Con estos recuerdos que nos regala seremos capaces de
despertar de ese letargo para lanzarnos a la aventura de revivir las
páginas de nuestra propia historia.
Las páginas,
quizá, más sabrosas se encuentran en la época de su infancia y
adolescencia. ¿Quién no atesora recuerdos y picardías de ese momento
copioso de nuestras vidas? Pues entonces lean los de Eduardo y en
ellos encontrarán el incentivo necesario para despertar la memoria
valiosa de esa época: de los compañeros traviesos, llenos de pícaros
recursos y poblados de risas y sanas carcajadas. Se trata del
período más inocente de la vida: no hay deudas que acucien el sueño;
no hay preceptos morales tan fuertes que impidan una atrevida pero
respetuosa travesura. Como cuando el Bocha Pérez, que residía en la
Zuviría al 300, se dirigía junto con sus amigos (hoy respetados
profesionales) al boliche de don Hannawy, en la esquina de Mitre y
Santiago del Estero, y le preguntaban si tenía caramelos sueltos.
Ante su respuesta positiva, todos a coro le insinuaban: "¡Atelós pa´
que no se escapen!". Qué tiempos esos, ¿no?
Luego vienen
los momentos del estudio, sobre todo los de la secundaria. Que no
por ser serios y de total dedicación en esa época, dejaban de ser
divertidos. Que se atrevan a corroborarlo cada uno de los lectores.
Al final de ellos, la culminación con un diploma que la vida se
encargará de arrugar, pero que conservará los recuerdos vivos, de
tal modo que, con solo mirarlo, los evocará enteros y actualizados.
Más tarde
vendrá la temporada de más responsabilidades, tampoco exenta de
aventuras, amores, intentos literarios y cancioneros, y trasnochadas
alegres, que tienen el regalo de los grandes personajes del momento,
ahora casi todos desaparecidos. Es cuando el joven comienza a
madurar y a cosechar todo lo que los experimentados le entregan y a
atesorarlo para su vida.
La madurez
más calma arribará mucho más tarde, cuando se convertirá en el
consejero, escritor y trasmisor de tan bellos sucesos. Llegó el
tiempo de dar, más que de recibir. No solo a los hijos y
descendientes, sino a todo aquel que se acerque, con interés y
pasión.
Esta es la
historia de todo ser humano, con detalles mayores o menores, pero
con la conciencia fresca de aprovechar el maravilloso regalo de la
vida, que no volverá a presentarse. Por eso hay que apurarlo lenta,
pero sabrosamente, para disfrutarlo plenamente.
Vayamos,
pues, a compartir todos estos recuerdos que nos despertarán los
propios y, por sobre todo, cobremos conciencia, a través de ellos,
sobre la urgencia de disfrutar de la vida y del amor; de la poesía y
de la belleza que se desparrama en nuestro camino. Y carguemos
positivamente nuestras alforjas con todo lo bello para que no
vivamos más que para disfrutarlo y compartirlo generosamente con los
demás.
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